La brutal receta china contra el coronavirus

La cuestionada mano dura del gobierno chino le está ganando la batalla al coronavirus. Las medidas para reducir los contagios han ido más allá del cierre de escuelas y comercios. Se cancelaron actos deportivos y políticos, y el sector del ocio ha sido aniquilado. La población sólo sale de casa para lo indispensable. En algunas urbes, incluso, las familias eligen a un miembro para salir a comprar lo indispensable cada tres días. Si bien China aún tiene 90 por ciento de los casos globales, comienza a reportar menos contagios que el resto del mundo.

BEIJING, China (Proceso). – Él describe como “brutales, fascinantes y excitantes” las sensaciones de aquel furtivo y nocturno paseo. Apenas fueron unos minutos y no se alejó más de una veintena de metros de su casa, pero era la primera vez que pisaba la calle en más de una semana.

El español Javier Telletxea visitaba a la familia de su esposa durante las vacaciones de Año Nuevo cuando quedó atrapado en la mayor cuarentena de la historia: 60 millones de personas de la provincia china de Hubei han sido inmovilizadas para detener la epidemia del coronavirus.

Sobre China cayeron los clichés habituales y el escepticismo que padecen los pioneros. La cuarentena fue desdeñada como contraria a los derechos humanos, ineficaz, en el mejor de los casos, y contraproducente en el peor.

La evolución de la epidemia ha cambiado dicho juicio. China concentra aún 90 por ciento de los 90 mil casos globales, pero en las dos últimas semanas registra menos contagios que el resto del mundo.

Beijing ha embridado su expansión mientras otros gobiernos afrontan una amenaza creciente. La fórmula china ya no es un anatema para países más respetuosos con las libertades individuales.

“Buen trabajo”

El vertiginoso descenso de los contagios en China había generado incredulidad. Un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) la ha finiquitado: las cifras oficiales “son reales”.

El informe, publicado después de que 13 expertos internacionales fueran invitados por Beijing a estudiar la epidemia sobre el terreno, tiene tintes panegíricos.

“La audaz estrategia china para contener la expansión de este nuevo patógeno ha cambiado el curso de una epidemia mortal y que se agravaba rápidamente. China ha ejecutado probablemente el esfuerzo de contención de enfermedad más ágil, agresivo y ambicioso de la historia”, reporta.

El 10 de febrero, cuando llegaron los expertos, China reportó 2 mil 478 nuevos casos. Dos semanas después, cuando se marcharon, apenas 409 reportes.

En los últimos días han caído a 121 y sólo seis de ellos se registraron fuera de Hubei. Son los generados dos semanas atrás porque la curva epidemiológica se ve con retraso, por lo que la cifra actual es probablemente mucho más baja.

Mientras, el virus se ha extendido ya en más de 100 países, algunos con cuadros tan inquietantes como en Italia, Irán o Corea del Sur.

La situación sería mucho más grave si China no hubiera comprado tiempo al mundo con su cuarentena.

Gerardo Chowell, profesor de epidemiología y bioestadística de la Universidad del estado de Georgia, comparte las conclusiones de la OMS.

“Han hecho un buen trabajo. Consiguieron contener la propagación muy rápido y esa es una buena noticia para China y para el mundo porque ya no están exportando contagios. Es necesario que entren varios casos en un país para desatar una epidemia, no basta con uno o dos”, señala por teléfono.

El corolario del éxito es que el mundo cerraba sus puertas a los chinos semanas atrás y ahora es China la que se blinda contra ciudadanos de países incapaces de contener el virus.

El centro de Chowell ha aplicado fórmulas matemáticas para prever en tiempo real el desarrollo de la epidemia.

Responde a un comportamiento clásico: creció desde mediados de diciembre hasta alcanzar la saturación de la curva a principios de enero y empezó entonces la caída.

El cambio de tendencia es el resultado de las draconianas medidas chinas. Es posible que suba de nuevo en otoño y que sobrevivan algunos brotes aislados hasta el próximo invierno, pero podrán contenerse con ciertas precauciones.

El académico mexicano alude a los efectos colaterales adversos de la cuarentena: el cerrojo de la provincia saturó los servicios sanitarios, muchos médicos se infectaron y algunos enfermos, tanto de coronavirus como de otras dolencias, no pudieran ser tratados con eficacia.

La tasa de mortalidad en Hubei, de 4 por ciento, excede a la nacional. El contexto, explica, empuja a la comprensión: “te enfrentas a un virus nuevo que está matando a gente y se extiende rápidamente, careces de vacunas y de tratamiento, hay mucha incertidumbre…”.

La lucha contra el coronavirus devuelve el manoseado debate sobre la cuarentena y los derechos civiles. Es un campo volátil donde combaten la moral y las urgencias médicas, el individuo y el grupo, la disciplina china y japonesa con la sublimación estadunidense de la libertad.

Todos los ordenamientos jurídicos contemplan restricciones a los derechos individuales en nombre de la salud pública. El debate se centra en fijar la frontera y ningún país es más celoso que Estados Unidos.

Ocurrió en 2014 durante la epidemia del ébola: la enfermera Kaci Hickox aterrizó en Estados Unidos después de tratar a enfermos en Sierra Leona y fue sometida por las autoridades locales a una cuarentena de 21 días pese a no mostrar síntomas.

La enfermera impugnó y la justicia le devolvió la libertad. Pero muchos de los contagiados del coronavirus son asintomáticos, su detección no es tan sencilla y muchos países tendrían reparos en inmovilizar a personas aparentemente sanas.

Esos debates no existen en China. Los videos de manifestaciones en Italia contra las cuarentenas han dejado a los chinos estupefactos y preguntándose por los límites de su irresponsabilidad.

Ahora se discute si la fórmula china es replicable. Es difícil que converjan los elementos que la han posibilitado en China: un gobierno autoritario, un engrasado sistema de control social y, sobre todo, un pueblo de raíz confuciana que prioriza el bien común frente al interés individual.

Es esa concepción social solidaria la que explica el cumplimiento de las desquiciantes cuarentenas y no el perfil dictatorial de su gobierno. Lo explicaba Bruce Aylward, médico de la OMS, tras su periplo en China.

“Los periodistas dicen que los chinos actúan así por miedo a su gobierno, como si fuera un régimen diabólico que echa fuego por la boca y come niños. Pero están movilizados como en una guerra y es el miedo al virus lo que los impulsa. Se ven a sí mismos como los luchadores en el frente para proteger a China y al mundo”, dijo en The New York Times.

Anunciada por el gobierno, los chinos se sumaron a la “guerra popular” con la determinación del que afronta un reto histórico. Esas cíclicas movilizaciones sociales sirven tanto para las calamidades, la Revolución Cultural y para superar los desastres naturales o defenderse de un virus, pero siempre exigen un compromiso personal y estigmatizan a los tibios.

China ha cerrado escuelas y comercios, cancelado actos deportivos y políticos; el sector del ocio ha sido aniquilado y la población sólo sale de casa para lo indispensable.